Juan Gaitán

DOI: https://doi.org/10.24310/TSN.2023.vi15.18170

Juan Gaitán.

Juan Gaitán (Málaga, 1966) es periodista y escritor. Preside la Federación Ateneos de Andalucía (que incluye veintisiete ateneos de diferentes ciudades andaluzas). Como periodista, ha trabajado en distintos medios locales y nacionales, y ha sido galardonado con los premios José María Pemán de Periodismo y Ateneo-Universidad de Málaga de Periodismo, además de la Medalla de Honor del Periodista, que concede la Asociación de la Prensa de Málaga. Actualmente, es columnista del grupo Prensa Ibérica y la Cadena Ser, y jefe de Prensa y Protocolo de la Mancomunidad de Municipios de la Costa del Sol Occidental. Ha publicado las novelas Hombres de luz (1996: Editorial Clave), cuya traducción al serbocroata obtuvo el Premio Internacional de Novela de la Comunidad Israelita de Serbia; El columbario (1999: Málaga Digital); Donde las nubes dan sombra (2007: Ayuntamiento de Málaga); Wolframio (2018: El Toro Celeste); y Aware(2019: Adeshoras). También, los libros de relatos Angélicas y diabólicas (2002: Ateneo de Málaga), Memorias de un equilibrista (2005: Traspiés) y Ciudad violeta (2016: Adeshoras). En 2019 obtuvo el Premio de Narración Breve de la UNED (XXX edición). Además es autor de la guía turística Vive y descubre Málaga (2000: Everest) y, junto a Agustín Lomeña, del libro de turismo Reencontrar la Costa del Sol (2009: Editorial Lhumberg). Como poeta ha publicado la plaquette Juglaría y los poemarios Caligrafía del lunes (2017), El orden de los días (no venal, 2019) y Animal azul (2021). Aparecen poemas suyos en diferentes antologías poéticas nacionales e internacionales, junto a los de autores de la talla de los premios Nobel de Literatura Seamus Heaney y José Saramago. También obtuvo el Premio Internacional de Poesía Cortijo la Duquesa en 2016. Otras publicaciones suyas más difícilmente clasificables son La luna, un ensayo sobre la presencia de la luna en la historia de la pintura acompañado de veintiséis poemas a otros tantos cuadros (2009: Galería Benedito); Ojén, origen profundo, un libro sobre impresiones personales en torno a este pueblo de la Costa del Sol ilustrado con fotografías de Pedro Ruiz Troyano (2011: Diputación de Málaga); y tres volúmenes de Cuentos instantáneos, una experiencia desarrollada durante tres años en el pueblo de Istán consistente en escuchar las historias que le cuentan los habitantes del pueblo y escribirlas «instantáneamente», en un juego con la premura sugiere el nombre del pueblo. Próximamente estrenará una pieza teatral en Medina Azahara, conjunto arqueológico Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.

Seres incomprensibles

Oye la sílaba que late,
la que contiene la luz del poema.
Sobre ella se alza
esa intimidad,
esa transparencia,
ese animal azul al que
roza a veces la palabra.
No esperes más.
El poema,
como cualquier otro ser,
es finalmente incomprensible.

Si mi voz desaprendiera las palabras,
o aprendiera a decirlas de otra forma
y ya no me dolieran
como si tuviera carne en ellas,

si desaprendiera, sí, mis palabras,
y volviera
al silencio lejano de la estrella,
al exacto silencio de la piedra,

comprendería, por fin,
que del poema solo se oye
esa luz que no sabe nombrar.

Como quien se pone ante el espejo
un poco antes de morir
y se inspecciona,
detente un instante frente al silencio.

Luego

Escribe despacio,
hundiendo las palabras
hasta que tiemble la vida.

Llega el poema vacío aún,
todavía sin la sílaba de su alma,
apenas vivo su latido.

Pasan por él el viento,
el leve temblor de la tarde,
el feble hilo del tiempo,

Y luego,
a tientas,
me escribe.

El poema es eso,

un estado de fragilidad,
un modo de silencio,
una manera de intuir

que vuela hacia la nada

con su sombra de pájaro,
con su sangre de aire,
con su voz de espejo,
con su oficio de silencio.

Si tuviera que dar explicaciones,
decir qué he hecho con vosotras,
mis palabras,
con vuestro aliento azul…

si me preguntaran ahora,
de repente,
qué hice de vosotras,
no sabría qué decir,

salvo que alguna vez ardisteis
en mis manos
y otras os quemé
por imprudencia,

y que una, la esencial,
se quedó en lo oscuro,
en lo secreto,
llamándome.

Escribe el poema como se prende una hoguera.
Procura la luz, no la flama.
El poema ha de ser una lumbre, no un incendio,
una llama frágil que respire.

El silencio siempre está cerca
de ser un verso,
como la lluvia de ser un canto
y el mar de ser el tiempo.

Todo tiende a otra realidad,
aquella con la que sueña.

Empieza el poema
con la menor de tus palabras.

Con su transparencia azul,
con su forma de sostener
el peso del mundo,

ponte en paz con la vida,
paga tus deudas,
pide perdón
por los errores del oficio,

y cruza luego al silencio.

La palabra se busca en medio del vacío.

Se sabe pájaro,
y antes, tu nombre,
y ella misma después.

Y protesta desde su vuelo,
entre los obstinados azules de la noche,
por la aridez extranjera del silencio.

La palabra,
el poema,
es siempre hostil a la muerte.

Un poema que ni poema fuese,
solo un lugar
donde ardiera el vacío
y en torno a él prendiera la palabra.

Un poema que ni poema fuese,
solo algo sencillo,
pero capaz de latir
en la sequedad profunda del silencio.

Sí, escribo para eso,
para ahogar las sombras
de aquella mañana en que estaba
acercándome al poema,
rodeando su aire,
oyéndolo tiritar,
y lo supe inasible.

Sí, escribo para eso,
para no admitir
que escribir es imposible.