Guadalupe Fernández Ariza. Universidad de Málaga (España)

Es un hecho bien conocido la revitalización de la gran narrativa hispanoamericana en el siglo XX con la publicación de obras que adquirían el rango más alto en el panorama de la literatura universal. Ahora bien, este ascenso tan notorio, de tan grandes éxitos de los escritores hispanoamericanos, fue un proceso de conquistas progresivas, donde hay que mirar muy atentamente a los predecesores: a la renovación estética de los grandes creadores de la modernidad.
Ese reconocimiento de lo hallado en el camino fue explícito. Basta algún ejemplo notable al que quiero recurrir. Me refiero a la celebración que hace Gabriel García Márquez de su admirado poeta Rubén Darío, a quien dedicó tanta atención en El otoño del patriarca 1, según el autor, la de mayor dificultad en su proceso creativo. En esta novela aparecen dos protagonistas: un dictador sin nombre y un artista con nombre propio, Rubén Darío. Al leer la novela se advierte que se han interpolado versos del nicaragüense, un poco cambiados en el recurso de la prosificación; se ha celebrado la llegada del poeta y al propio poeta, se han recitado versos…, de modo que podemos proponer que García Márquez rescata con honor a Rubén Darío. De esa confluencia reflexiva surge, de forma manifiesta, un narrador que se forjó leyendo a los poetas y les tributó sus lúcidos homenajes.

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